Primer violín.
Un candil en la ventana. Apago el motor de mi moto que lastimosa antes, contenta después, resuena con su acento ronco. Es una sensación que no quiere dejarme solo; Mudo, no ausente, robo ardimientos minutos –tal vez horas- a la noche con la compañía de un nuevo peregrino en forma de libro, que responde, a las doce que marca el reloj con un benigno “es difícil”: ¡Tienes más libertad!. Ofrece ilusión y raíces, mar enfadado –que no falte nunca!- carne y mundo. Me trata con pundonor, castiga mi desprecio y premia, burlesco, mi quiero y vivo.
Hay un estrecho lazo entre esta pieza y un cadalso: pregunto al tutor: si mueves las esperanzas de un puerto vacío a un libro ¿cierras los ojos?¿duermen los sueños?¿se rompe el corazón y enluta la luna?
Huelga decir, que nunca contesta como deseas, aunque clama y repica.
Segundo violín
Me aferro a aquel mirador que, como valiente viento, prosigue deseos alrededor de sueños, en un vergel de fieros suspiros, acometidos de arpones e inciertas victorias.
Se hunde la encerrada vida en aquella memoria fugitiva, y mi corazón se iguala: no hay ofrendas. Solo razones que se convierten en el mejor amante y que lucen al final, como lustrosas huellas. Es el baño del caballo azul en el desierto, es un recinto umbrío y silencioso, en una verde costa en cuyas rocas pescas destinos.
Tercer violín
Se interrumpe –dolor mío-. El suelo a mis pies se abre. El pecho confundido, tacha de engaño aquel tintero y exige menos oficio severo y más rosa aurora.
La morada mueve, vacilante, las páginas, rompiendo ahora, confundido, las nubes que caminan al paso y sobresaltan con aguijones que loán, mi curiosidad.
Después de olerlo nuevamente, saborearlo, hacerlo mío, derribado, la alforja aún no está vacía. He bebido y elevado mis dientes pero no hay reglas. Sus ramas todavía se escuchan. Aciertas, si dudas de la memoria y entre murmullos, con semblante más distante, aspiras a una segunda lectura.
Desvías el pincel de Apolo, abandonas, débilmente al menos, pero con insolencia, las repetidas coronas en forma de notas amantes y te reclinas: Ahí, desvelas otro amanecer. Y otro más.
Instantes grandes. Derramas sonrisas, jactando encantos e infundes a estos descuidos mágicos, canticos de gloria que adoras… que amas.
Perfecto orden de un espléndido mundo férvido.
Abundan entonces, las interrupciones, expones tu alma y osas buscar cruces mudables, templos ocultos en otros destinos soberanos. Y los encuentras.
Hoy solo hay ojos para admirar. No para llorar.
Cuarto violín.
Pierdes en el mástil las olas que te ha regalado la partitura. Halagado, apagas la llama de la lectura interpretando, una pieza que expresa este sentimiento. Finalmente, la soberana armonía eclipsa tu mente y tus manos, esmaltan oportunas las confidentes notas, que como guarida, quiebra la dicha. Las cuerdas son de oro. Yo no hablo. Solo leo.
Amo este hirviente bálsamo de ese clamor que gime en irresistible fuente.
Me transporta lejos. Y una lágrima, ahora así, recorre mi barba de tres días.
Trémulo, mudo... me retiro.
Un candil en la ventana. Apago el motor de mi moto que lastimosa antes, contenta después, resuena con su acento ronco. Es una sensación que no quiere dejarme solo; Mudo, no ausente, robo ardimientos minutos –tal vez horas- a la noche con la compañía de un nuevo peregrino en forma de libro, que responde, a las doce que marca el reloj con un benigno “es difícil”: ¡Tienes más libertad!. Ofrece ilusión y raíces, mar enfadado –que no falte nunca!- carne y mundo. Me trata con pundonor, castiga mi desprecio y premia, burlesco, mi quiero y vivo.
Hay un estrecho lazo entre esta pieza y un cadalso: pregunto al tutor: si mueves las esperanzas de un puerto vacío a un libro ¿cierras los ojos?¿duermen los sueños?¿se rompe el corazón y enluta la luna?
Huelga decir, que nunca contesta como deseas, aunque clama y repica.
Segundo violín
Me aferro a aquel mirador que, como valiente viento, prosigue deseos alrededor de sueños, en un vergel de fieros suspiros, acometidos de arpones e inciertas victorias.
Se hunde la encerrada vida en aquella memoria fugitiva, y mi corazón se iguala: no hay ofrendas. Solo razones que se convierten en el mejor amante y que lucen al final, como lustrosas huellas. Es el baño del caballo azul en el desierto, es un recinto umbrío y silencioso, en una verde costa en cuyas rocas pescas destinos.
Tercer violín
Se interrumpe –dolor mío-. El suelo a mis pies se abre. El pecho confundido, tacha de engaño aquel tintero y exige menos oficio severo y más rosa aurora.
La morada mueve, vacilante, las páginas, rompiendo ahora, confundido, las nubes que caminan al paso y sobresaltan con aguijones que loán, mi curiosidad.
Después de olerlo nuevamente, saborearlo, hacerlo mío, derribado, la alforja aún no está vacía. He bebido y elevado mis dientes pero no hay reglas. Sus ramas todavía se escuchan. Aciertas, si dudas de la memoria y entre murmullos, con semblante más distante, aspiras a una segunda lectura.
Desvías el pincel de Apolo, abandonas, débilmente al menos, pero con insolencia, las repetidas coronas en forma de notas amantes y te reclinas: Ahí, desvelas otro amanecer. Y otro más.
Instantes grandes. Derramas sonrisas, jactando encantos e infundes a estos descuidos mágicos, canticos de gloria que adoras… que amas.
Perfecto orden de un espléndido mundo férvido.
Abundan entonces, las interrupciones, expones tu alma y osas buscar cruces mudables, templos ocultos en otros destinos soberanos. Y los encuentras.
Hoy solo hay ojos para admirar. No para llorar.
Cuarto violín.
Pierdes en el mástil las olas que te ha regalado la partitura. Halagado, apagas la llama de la lectura interpretando, una pieza que expresa este sentimiento. Finalmente, la soberana armonía eclipsa tu mente y tus manos, esmaltan oportunas las confidentes notas, que como guarida, quiebra la dicha. Las cuerdas son de oro. Yo no hablo. Solo leo.
Amo este hirviente bálsamo de ese clamor que gime en irresistible fuente.
Me transporta lejos. Y una lágrima, ahora así, recorre mi barba de tres días.
Trémulo, mudo... me retiro.
Rafael Suárez











