Primer violín
Vuelvo a mis notas. No comprendo porque de un Re menor a Sol menor hay dos
fugas en adagio.
Me falta aire.
Copa de vino tinto.
No puedo esperar. Lo quiero ahora. Ya. Lo deseo todo. Nunca quise
garantías. Yo nunca he saltado con red.
Hay más espacio y menos aire. La mente avanza en un olvido exaltado. Es un
viejo masaje que murmura inciertas soledades con una dama por venganza y gotas
de agua.
Necesito aire. Esta abrumada pretensión de someter, dócilmente, la voluntad
indiferente de la razón infinita, es una relación de distancias infranqueables:
Puede haber camino sin límites establecidos. ¿Cómo se aceptan?
Es un trayecto disimulado. Significa la noche absoluta y la noche debe ser
un deseo, no una nueva. No un Sol negro. No un interminable túnel. Agonizo y...Agoniza el
castillo.
El alba rompe el cielo. Estrangula la partita. Sorprende la profundidad de
las emociones. Es un mar agitado. Mi tranvía no es el primero. Es a contraluz.
Es verde oscuro. Es impaciente. Aparece descendiendo desnuda en la madrugada. ¿Se
guarda para mí o de mí?
Tiene la sonrisa de un niña. Describe una gran estela con rumbo.
No pide perdón. Encuentra su ruta.
Recuerdo mí nunca llegaré. Fue en una estación alimentada. Su suelo estaba
empedrado. Había espadas. Fortuna y revolución. Corrientes.
Fueron movimientos primerizos y dulces. Precisos. Simplemente sobrevivir
era refrescante. Podía querer vivir. Reconozco, apenas, aquel hombre. Lo
envidio.
No hay medias puertas. No existe el tiempo. Ni el mañana. A veces, ni siquiera el ayer.
No puedo esperar. No quiero esperar.
Segundo violín
Despierto rizo, profundo sencillo; mis hombros se pliegan. Misterioso aire
nocturno que envuelve este velo. Interrumpen, seductoras, las ganas de besar. Ya no recuerdo el torbellino. Es una ventana
abierta y densa.
Se derrama. Herida flor que implacable duerme sin sepulcro. Fuerte
esplendor oscuro, que en rebeldía, marchita mis cielos con manos muertas y
templos de claro de luna.
No deseo más diamantes voluptuosos. Aún marchita, la cuerda del último cuello.
Es un rubor ingrávido que muestra, ungido, su espléndido rencor salvaje.
Pone rostro a la sangre que hierve. Cuelgas cortinas obedientes.
En un muro encerrado entre el invierno y el sabor de la piel.
Me entrego al olvido. Prende viuda, el tiempo en las cuerdas. Es aroma
templado. Tus ojos vivos, atrasan otra copa de vino. Recojo los guijarros que
rompen las cuerdas. Son violetas a lomos de hierro.
En esta relación de las manos, solo hay perfumes.
Sigue dormido el sol. Salgo a pisar la arena y contemplar las raíces del
Universo. Ningún silencio es igual a otro.
Raja una sonrisa. Era cristal. Discreta. Desnuda. Hoy es vértigo y bajo
esta luz, cascada esférica.
Ahora sí. El alba se evapora. El falso cielo, tranquilo, valioso, se agita.
Corta el mástil mis manos. Es burlón.
Tercer violín
Mientras, vuelve el tumulto.
La vela reúne olas oprimidas de alcoba. Es la hoja de la carne que serena,
ocupa el roce de unos recuerdos, ahora difusos.
Soy presa que arde entre las espigas injertadas y las flores leprosas. No
derramo pupilas tornadas. Pero, así sea.
A la dulce mirada, alquimia noche. A la calma, ardiente pasión. A los mares
recientes, altivas soledades.
Rafael Suárez
Cristal