Mientras caminaba: Bosque de pensamientos y hojas de frío
Regaladas promesas. Inesperada esperanza: Abrazaban las olas y se fugaba la noche. En la cabeza, una hoguera de ágiles llamas, peligraban los mandamientos de sangre. Ganaban mis labios en la belleza azul. Desilusión, en inmóvil alegría. Incertidumbre encanto de una gimiente mañana. Limpia azucena. Pálido roce de agua. Duerme escribiente. La marcha envenenada queda atrás: los secretos de piedras en el alma: a tu lado, voz de polvo. Decepción en oro.
No existe manta ni tierra. Sólo estrellas oscuras. Al solear, con este canto en el país de los dedos de hojalata: Asfixia el gris. Retoños de parpados y tiempo. Late al abrir recuerdos. Lirios temblorosos, donde está, coronado olor, la carta abrazada. Salvaje respuesta de madera. Ultima floral de castigos. Muda tu ensueño hacia el dulce rocío. Peligrosa noche de agua ciega. Devuelve la terrea perdida. Dilema errante. Bosque de pensamientos y hojas de frío. A un vida de distancia, el tierno reino tembloroso. La carne de tres.. Negro Brillo. Enrédate en la esencia. El equilibrio conoce el sudor. Ingenua noche de quejas.
Acariciando las olas, me deje arropar por la brisa: ¡Sigue a las errantes!: Postre mi alma abierta: ¡lívido destino cobarde!.
Eterna noche: ¡exijo más! Encadéname a tu búsqueda, invierno de sed.
Respondió el verdugo con la mañana y el coche fúnebre.
La mitad del Horizonte, buscada la niebla, protesta al Deseado: Horizonte, ¿Qué deseas querer? Susurro, casi entre lágrimas de raíces: ¡Un ahora repetido en una amarilla tarde!. Resecos ojos. Voz cortada:
Espejo de aguardiente: ¿tan lentas son tus horas? ¡Tan prisiones son tus mediodías! ¿Es madrugada tu gris azul rocío? ¿Cuán desierto es tu peregrinaje? ¿Cuál derrota buscan tus ojos encendidos?
Fiel camino tembloroso, discreta sombra de plata, deshojada pólvora: ¡yo... discrepo!. ¿Cuán colinas son tus cotidianos susurros?
No hay derrota. Ni raudales de azares eternos. No deseo más copas de infinitos.
Regaladas promesas. Inesperada esperanza: Abrazaban las olas y se fugaba la noche. En la cabeza, una hoguera de ágiles llamas, peligraban los mandamientos de sangre. Ganaban mis labios en la belleza azul. Desilusión, en inmóvil alegría. Incertidumbre encanto de una gimiente mañana. Limpia azucena. Pálido roce de agua. Duerme escribiente. La marcha envenenada queda atrás: los secretos de piedras en el alma: a tu lado, voz de polvo. Decepción en oro.
No existe manta ni tierra. Sólo estrellas oscuras. Al solear, con este canto en el país de los dedos de hojalata: Asfixia el gris. Retoños de parpados y tiempo. Late al abrir recuerdos. Lirios temblorosos, donde está, coronado olor, la carta abrazada. Salvaje respuesta de madera. Ultima floral de castigos. Muda tu ensueño hacia el dulce rocío. Peligrosa noche de agua ciega. Devuelve la terrea perdida. Dilema errante. Bosque de pensamientos y hojas de frío. A un vida de distancia, el tierno reino tembloroso. La carne de tres.. Negro Brillo. Enrédate en la esencia. El equilibrio conoce el sudor. Ingenua noche de quejas.
Acariciando las olas, me deje arropar por la brisa: ¡Sigue a las errantes!: Postre mi alma abierta: ¡lívido destino cobarde!.
Eterna noche: ¡exijo más! Encadéname a tu búsqueda, invierno de sed.
Respondió el verdugo con la mañana y el coche fúnebre.
La mitad del Horizonte, buscada la niebla, protesta al Deseado: Horizonte, ¿Qué deseas querer? Susurro, casi entre lágrimas de raíces: ¡Un ahora repetido en una amarilla tarde!. Resecos ojos. Voz cortada:
Espejo de aguardiente: ¿tan lentas son tus horas? ¡Tan prisiones son tus mediodías! ¿Es madrugada tu gris azul rocío? ¿Cuán desierto es tu peregrinaje? ¿Cuál derrota buscan tus ojos encendidos?
Fiel camino tembloroso, discreta sombra de plata, deshojada pólvora: ¡yo... discrepo!. ¿Cuán colinas son tus cotidianos susurros?
No hay derrota. Ni raudales de azares eternos. No deseo más copas de infinitos.
Vaso lleno. Oscura noche de agosto.
Son pedazos de hambre, al asalto de una duda sin forma ni molde, ardientes desvaríos, sueños prometidos en noches encendidas, cuya antorcha se apaga con la madrugada de una huella grabada. Verdades rasgadas en un mundo de gotas sombrías, saludos de la vida. Vértigos ignorados aguardan esperanzas delicadas que separen espinas y cascabeles de alma rasgada.
- ¡Volved! Soy la derrota de tu lecho. Locos misterios braman vestidos para mudar el traje.
Y ocurrió. El campanario solitario encendió la chimenea para hablar con los cielos. Las cinturas desiertas, vibraron antes de sollozar.
El iris de aquella hiedra ruge. Crujió la despedida de la carne brava trayendo un solitario beso. Lívida traición que en último instante declina el día. Cara a la noche, vuela a revuelos, la sonrisa de la lentitud que descalza, rasguea y adormece las preguntas.
Suspirando, inmóvil te contestas:
- ¿Por qué no puedo vender todas mis selvas? Acaso, la nueva noche no trae consigo una partida de rasgadas distancias.
- Generosa emboscada del destino: La hiedra enrosca sus acerosos versos en una cola de ilusiones cuyos labios amas. Entreabre el sepulcro de tu dicha, arde la lluvia y su vapor te quema. No entiendes que las despedidas son raudales de nacientes colores que surgen y retienen lágrimas: ¿Qué paz esperas, si tus cánticos gritan sangre mía derramada?
Existe un discreto rubor presente e invisible en innumerables rostros, caprichos de promesas y suspiros. Destellos de memoria, que ya ausentes, son hojas secas, vencidas en algún momento. Defensas sometidas a velos pesados, asilos de sentimientos y principios de sangre encaminada a dormir en rosas marchitas. Ilusiones crisálidas. Sin fragancias ni aromas. Bautismo de deseos, en cuyas catedrales se marcan puertas falsas, que, como cuchillos sinceros, trasquilan ramas y recuerdos. Un entreabierto sentido a un generoso desierto en el pecho. Sombras del corazón cuando la vida pasa. Tumbas derribadas que brillan mientras el olvido las adormece. Ausentes. Silenciosas. Alientos confusos, infundidos en corazones, relojes huecos, acaso fríos.
Quizás, el veneno de un veleidoso viaje en forma de día, el ermitaño arrebata a la soledad, como un mendigo, el anhelo, la ilusión de una jornada de pasión. Son alas caducas que cubren, de estación en estación, arrullos de confianza
Fatigosa alma, trozos de futuros, parten acordes pero también son cenizas de sueños, de piedras. No cierres la idea del orfebre: el rumor de la luz y de los gemidos graban el dolor.
El viento cae y esparce desolación consciente. No oprimas por ello tu alma, es la herencia sagrada del mudo que observa la pared blanca, cuando bautizada, se convierte en lienzo.
Temblando vives si constante en el borde no encuentras la luz. Sobre ti, la cosecha del que palideció al brotar de los labios la vana verdad de la historia repetida, señero canto de la vida. El alma olvida la marchita que juntaste.
Es lento. Parece infinito. Es luciérnaga amarga en el secreto fondo de mi habitación.
- Distingue tu destino ruboroso.
- Se acercó y se marchó.
- La escarcha no deshoja la flor, al igual que la voz no languidece si es arrastrada por unos labios encendidos.
- Se acortan las noches. ¿No hay tregua?
- Lucha. Ama el silencio, como prendes los versos de agosto. Desprende la flor como carne ligera y encamina tu negro brillo, al hermoso mar. Navega con tus demonios. Volverán quejas, llantos y atropellos exigiendo resignación. Sufre y vuelve.
Palpita mi violín.
Ese es mi testimonio
Rafael Suárez