RÍO BLANCO, Honduras — Bertha Zúñiga supo desde niña que defender un río o un pedazo de tierra podía ser una ocupación mortal. Lo supo a través de su madre, que marcó los recuerdos de su infancia: mamá en televisión denunciando la corrupción del gobierno durante una protesta; mamá llegando de noche con el brazo morado por el garrotazo de un policía; mamá vigilada por un extraño en un coche sin matrícula.
“Ser hija de Berta Cáceres a veces era muy agobiante. Era tan frecuente el peligro, que se volvió normal vivir así”, dice ahora Zúñiga, junto a un altar de flores rojas. “En un momento pensé: ‘Ojalá mamá se dedicara a otra cosa’. Luego comprendí que el mundo necesita gente como ella”.
Es una mañana calurosa de sábado, 4 de marzo de 2017, día en que Berta Cáceres, la activista más reconocida de Honduras, hubiera cumplido 46 años. En la comunidad de Río Blanco, a tres horas en auto desde La Esperanza, el pueblo donde Cáceres nació, decenas de comuneros, activistas extranjeros y periodistas se han reunido a la sombra de un roble de casi cien años: aquí es donde Cáceres reunía a los indígenas lencas para organizar la resistencia contra el proyecto de una represa que iba a secar Zúñiga.