Es fugitivo incierto, aquel que entiende la huella fugaz que centellea y abre disforme el alma. Hay una luz remota que comparte tu vida y hay un cielo que se levanta, para los estallidos de la desolación. Para los ojos desabridos, hay desamor.
Hay sueños que permanecen en un guardé: Hay fuerza en la rendición: Hay dentelladas de rabia en gestos firmes cuando bulle el llanto, al igual que hay hierba húmeda, que aparta la fatiga de náufragos sin voz que amontonan, hielos y rechazan cantos erigidos de momentos pasados: Hay vientos nocturnos, escondidos en el alma, que charlan con despertares inconmovibles y cortan desgarros.
Yo fui uno.
Era una tarde codiciosamente viva. Silenciosamente extraña. La cubierta, parecía vieja y periódicos arrugados reposaban a estribor. Sobre la mesa, un libro de mapas de navegación y un vaso, recordaba que el café estaba frío. Despertaba el viento y las velas rendían su culto. Tenía hambre de mar. A menudo rugían la madera y tintineaban los cabos.
El Sol se acostaba y el cielo rojo, sucedía al cerúleo. Apague la radio que encendí para oír el parte meteorológico que ya estaba enfrascado en otro discurso falso de la monótona vergüenza de un país, el mío, que no entiendo ni reconozco.
Apagado pues, y oculto el triste mundo, los vientos del ayer murmuraban mi rumbo loxodrómico, constante.
Mientras la mar, contestaba a mi proa con espuma, los pensamientos distantes tomaron distancia para recordarme, que estaban escritos con lágrimas no derramadas hijas de sueños perdidos. Inútilmente interrogué a las nubes que cubrían el horizonte: ¿Es, acaso, un hierro cada diamante escondido que encuentro en mi camino? No vas a quebrar mi alma, cobarde destino.
No había luna cuyas monedas se reflejasen en el agua. El aguamiel del termo desprendía más palabras graves, duras cortezas de unos ojos que buscan, en un continuo movimiento de compás, que imite la vida soñada: palabras de mármol. No había delicadeza en nada de aquello. Sería torpe confesarlo. Sólo había olvido y malsana pérdida. Los ojos denunciaban una mirada desvencijada: ¿Para qué sirve este destierro sino trae sabiduría aunque sea sangrienta, colérica y dolorosa? El pecho ya estaba abierto. Dulce y lejos de callar, gritaba.
Desconozco porqué, aquella inmensidad negra, fragmenta los recuerdos, para poder apreciar detalles, palabras, gestos, miradas…
Yo buscaba, palabras hijas de la sangre y las encontré. Rejuvenecía la noche callada, ahora ebria. Perseguía un alma cazada por una traición más de la vida. No importa el color resonante cifrado en aquel dolor. La respuesta era rebelde y ambiciosa: ¿Necesitas las cenizas para entender? Tu corazón late: Enciende la hoguera, que tiemblen los recuerdos. Consume estos sueños y arranca su peso. Tu razón gravita. Mezcla este inagotable infierno de recuerdos con llamas de melancolía. Urge habitar en este rumor de mar alocado, un frescor azul despojado de lágrimas desnudas.
- ¿Qué vuelva el frío?
- Siente, como te alejas de la sangre encendida. Sopla, despierta y prescinde, sin parar, de tu pecho.
- ¿No disimulas el dolor?.
- Aquel beso último, fue un fruto perfecto para una herida. Pero, tu ya respiras otro aire, otra vida, otra cabeza.
- No deseo otros principios hermosos. Estoy cansado de concebir la espera.
- Respira. Tus pulmones están ciegos. Tus ojos, son látigos entre las tinieblas. No puedes velar un suspiro. Quema los llantos en tus entrañas e ignora la herida. El rocío de la noche hará el resto.
- Tu lo llamas rocío de la noche.... Yo, lluvia amarga.
- Estas sentado en un mirador, trotando enfermo. Eres un desierto, como tal, desgárrate. Gira tu alma al beso alegre de la mar y sumérgete.
Apartado ya de mar abierto y fondeado en una fatigosa cala, la luz blanca del día ya era una actitud. Forjé palabras, donde ocupaban otras, escombros. El tiempo ya no es tirano. Me embriagué saltando por la borda y grité, desesperado:
- ¡Late!
Con una sonrisa, salí del agua: Había llenado mi alma: Quizás aquel recuerdo, era un pálido azul, pero ya no era un blanco mármol.
Antes, suplique al infinito una última vez aquel verano: Ayuda memoria a arder, sin cese, los vientos que al corazón viajan. Embriágame con furia ciega. Estoy ansioso de herir mi alma naufragada.
Rafael Suárez