jueves, 6 de agosto de 2015

Arde el bajel.

El camino respiraba impulsos contados. Diestras ayudas que a la noche serena le hacía ganarse cautivos. Una de esas costumbres, de los que, con o sin sentido, encarcelan los si tuviera en lo perdido. Habrá alma que con pesadumbre, encarezca el deseo. No es mi caso.
 

Mi retiro es este barco. Mi virtud, de tenerla acaso, contemplar callado, como los colores, despiertan torrentes, extienden desconciertos y se desmayan olvidados. Será un desdén caminar así, pero hay presos que suspendidos de molestos miedos, recogen, así, con coraje, su techo de oro, las sombras de sus saltos locos o arrojan, con ímpetu desigual, fantasmas y locuras. Para oprimir el alma, las peores prisiones son las propias, las abiertas, que evocan recuerdos o florecen, pobre ciego, ausencias.

Corren mis pensamientos. Desdichada memoria aquella que la invencible ceniza lastima. Acompaña, en ese viaje desengañado, el silencio mudo y una piedra, despojo de confusión presente, que se derrama como argumento para derribar, resonando huellas y temores. Desorden contemplado que se ciernen,  en pérdidas de fe. De alma.

Ver morir el día, antes que la aurora mirase torpe, ciega y fría, la botella vacía del aguamiel del termo, tiene la desnuda culpa de que envuelva aquellos olvidos en dolores, aquellas flores en cerros duros que adormecen la ilusión, la paz y enojan las horas. El cuidado destierro es pantanoso. Desechas ruido, para ver cara a cara, adelantar verdades a orillas y derramarte sobre ellas. Entonces, las dudas, los miedos se convierten en  tormentos valientes.

 Peregrina el sosiego severo y lo separas, con cierto desconsuelo, de los recuerdos.

El sol bebe ya en lo alto, y aún hay muros asustados. No hubo engaño ni mentira. Hubo respeto y fuerzas opuestas. Viudas caras de fugitivos lazos. 

Al final llega la paz, el descanso; el dolor se envía, con cierta piedad, y enterrado, en aquel reloj de mar, la sangre que como escudo, entierra tu guerra interior.

Confieso que es injusto, guardar y callar pero habrán de morir conmigo, aliviado. Y, ¿si has errado? He amado, me he esforzado y he llorado: ¿en qué me he equivocado?.

Había una llama ardiente, que con pasión, florecía. Nació de un laberinto de instintos libres, de sueños por vivir y ambicionaba ser cristal: hoy, envejecida, bajo una mañana fría, arde el bajel y aquella ilusión mía.
 
Rafael Suárez