Buscas el azul del nuevo viento para relampaguear aquellos ojos misteriosos. El misterio prohibió la fantasía. Ya quedan lejos. Son ruinas de veletas. El incienso arde puro y tus pensamientos le siguen.
Gritos mudos son aquellos que envuelve las huellas encendidas. Son recuerdos gigantes que besan y estremecen.
Son el imperio de la memoria sepultada, mortal catarata de turbulentas borrascas. Martirios desplomados, esperanzas de la experiencia. Fiebres y delirios, esferas de vibrantes despedidas, impulsadas por tristes torres, hambrientas de vuelos declinados.
No engañan las pálidas tumbas de los sentimientos a los gemidos. La nada siempre levanta su vuelo.
Ahora sólo quedan recuerdos. Escaleras llenas de espejos moribundos y ocasos de dolor.
Son manos heladas que cosechan barrancos muertos. Senderos tímidos para quién ha besado la vida.
Resbala tu altura, mudo de enferma mirada.
Te acercas al miedo. Lenta mancha cubre tu silenciosa despedida.
Las cumbres son frías. Cautivas el día y temes la noche. Sientes la noche. Trémulos pasos, los tuyos. Turbios, tediosos, oscuros.
- ¿Cuándo la memoria te castiga, persigues el atisbo y corres en un desierto de torbellinos?
Comprendes, que tu pupila es una alfombra doliente de errantes caravanas. Ardes con suspiros, que chorrean desilusiones y corres en puertas que cesan, como gotas, cada amanecer. Interpreta, de rodillas, el invierno de ilusiones que vírgenes habitan en tu nave. A bordo, son apóstoles de pálidos vientos sangrantes.
- Persevera, tus ojos, serenos, deben ser sencillos puentes y senderos.
La harina molida es fuente.
No hay discreto dolor, que enturbie el obligado secreto de la vieja brisa. Tiñe, avergonzado, tu tierra limpia. El aliento a dolor, dispara el nuevo horizonte. Cada día, altivo, fiel y temeroso.
Tu ventana, mi libro y la importancia de las campanas olvidadas. Llantos son espadas de destinos, rebeldes lechos de un tirano camino.
- Desierta y tirana. Así esta tú alma. A medio camino, entre el fuego del adiós y la inerte inocencia.
Desciende. Estremécete con la ira, respiras odio, ¿quieres correr?
Acude sordo, al brillo de una nueva carne. Sonrisas y cirios, inquietarán tus besos.
- ¿Declinas empezar, abriendo plazos?
Cada instante, disfraza cautiverios en un compas de caducas miradas en distintas noches, en distintos lugares... Convierte, cada sol en calles solitarias.
He bajado, he exprimido cada estrofa, he bebido distintos mundos con millares de olas, ¿Cómo olvidar, remansos escondites que desaparecen? Tus limosnas dan ramas, trotan hacia atrás, escuchando las sonrisas de pólvora que ambicionan oscuros vacíos.
-¿A qué esperas?
Tus alforjas aúllan hambre de alma.
Tu barba nevada es armonía de comienzos de historia. Mueres de sed, en un mar engarzado de lejanías.
Semillas claras y lejanas son labios mudos. Duele la puerta cándida que se cierra por cansancio.
Es lenta, la vieja inocencia. Es un querer callado. Caminas de prisa. El tiempo no es mujer. Es un arcano mar de susurros olvidados. Es una isla asfixiada de ritmos derrotados y de hondas ojeras, sollozos oscuros y discreta voz. Es distancia desnuda entre el velo del deseo, un ausente brote de quedaría y el principio del camino.
Solloza espejo, estandarte de sorpresas en el horizonte.
Rafael Suárez