Vaso lleno. Oscura noche de agosto.
Son pedazos de hambre, al asalto de una duda sin forma ni molde, ardientes desvaríos, sueños prometidos en noches encendidas, cuya antorcha se apaga con la madrugada de una huella grabada. Verdades rasgadas en un mundo de gotas sombrías, saludos de la vida. Vértigos ignorados aguardan esperanzas delicadas que separen espinas y cascabeles de alma rasgada.
- ¡Volved! Soy la derrota de tu lecho. Locos misterios braman vestidos para mudar el traje.
Y ocurrió. El campanario solitario encendió la chimenea para hablar con los cielos. Las cinturas desiertas, vibraron antes de sollozar.
El iris de aquella hiedra ruge. Crujió la despedida de la carne brava trayendo un solitario beso. Lívida traición que en último instante declina el día. Cara a la noche, vuela a revuelos, la sonrisa de la lentitud que descalza, rasguea y adormece las preguntas.
Suspirando, inmóvil te contestas:
- ¿Por qué no puedo vender todas mis selvas? Acaso, la nueva noche no trae consigo una partida de rasgadas distancias.
- Generosa emboscada del destino: La hiedra enrosca sus acerosos versos en una cola de ilusiones cuyos labios amas. Entreabre el sepulcro de tu dicha, arde la lluvia y su vapor te quema. No entiendes que las despedidas son raudales de nacientes colores que surgen y retienen lágrimas: ¿Qué paz esperas, si tus cánticos gritan sangre mía derramada?
Existe un discreto rubor presente e invisible en innumerables rostros, caprichos de promesas y suspiros. Destellos de memoria, que ya ausentes, son hojas secas, vencidas en algún momento. Defensas sometidas a velos pesados, asilos de sentimientos y principios de sangre encaminad a dormir en rosas marchitas. Ilusiones crisálidas. Sin fragancias ni aromas. Bautismo de deseos, en cuyas catedrales se marcan puertas falsas, que, como cuchillos sinceros, trasquilan ramas y recuerdos. Un entreabierto sentido a un generoso desierto en el pecho. Sombras del corazón cuando la vida pasa. Tumbas derribadas que brillan mientras el olvido las adormece. Ausentes. Silenciosas. Alientos confusos, infundidos en corazones, relojes huecos, acaso fríos.
Quizás, el veneno de un veleidoso viaje en forma de día; el ermitaño arrebata a la soledad, como un mendigo, el anhelo, la ilusión de una jornada de pasión. Son alas caducas que cubren, de estación en estación, arrullos de confianza. Fatigosa alma, trozos de futuros, parten acordes pero también son cenizas de sueños, de piedras. No cierres la idea del orfebre: el rumor de la luz y de los gemidos graban el dolor.
El viento cae y esparce desolación consciente. No oprimas por ello tu alma, es la herencia sagrada del mudo que observa la pared blanca, cuando bautizada, se convierte en lienzo.
Temblando vives si constante en el borde no encuentras la luz. Sobre ti, la cosecha del que palideció al brotar de los labios la vana verdad de la historia repetida, señero canto de la vida. El alma olvida la marchita que juntaste.
Es lento. Parece infinito. Es luciérnaga amarga en el secreto fondo de mi habitación.
- Distingue tu destino ruboroso.
- Se acercó y se marchó.
- La escarcha no deshoja la flor, al igual que la voz no languidece si es arrastrada por unos labios encendidos.
- Se acortan las noches. ¿No hay tregua?
- Lucha. Ama el silencio, como prendes los versos de agosto. Desprende la flor como carne ligera y encamina tu negro brillo, al hermoso mar. Navega con tus demonios. Volverán quejas, llantos y atropellos exigiendo resignación. Sufre y vuelve.
Palpita el violín. Rafael Suárez