Soñando que soñaba, mientras flotaba en el agua, me deslumbró un rayo de luz entre las nubes calmas. Brotó una sonrisa, de aroma de mar que inundaba mis pulmones. El viento, tranquilo, rechaza la espuma y la corriente, llamaba una y otra vez a mí alrededor. Me volví a dejar caer, esta vez, más enérgico, fresco, en paz, pues, mientras la profundidad se abría ante mí: En medio de aquel cálido infinito, sin más lenguaje que la respiración, mi pensamiento, que como péndulo, buscaba la armonía, me interrogó: ¿podrías definir un -palpitante- beso?: La respuesta fue tan rápida que me gobernó en aquel sueño, como si fuera un títere: una razón para volver a la superficie. Más, mejor… Me interrogó el abismo. Una ventana abierta al alma adormecida, contesté, un abrir triunfante el cofre cuya puerta chirriante se desliza, ahora, en silencio. Es una ola traviesa que, de allende, viene encendida, un profundo amanecer que se desliza gota a gota, una sonrisa consciente que atraviesa rejas, unos ojos cerrados que despiertan, una desconocida guerra que habita, cavilando, en nuestra cabeza y que sin sosiego, funde el día y la noche, un gemido del corazón, una piedra atormentada por las olas, un confesar la esperanza, un sueño que parece sueño, una primavera como destino, un secreto a tu alrededor, un misterio leído, un errante susurro que aviva, un rubor que te cubre, un misterio de misterios, una patria en este mundo... y en el más allá.
Rafael Suárez