viernes, 8 de julio de 2016

Es un silencio distante

Aciago el duende, que sin prisa, con horas prohibidas,  encadena fronteras que últimamente deambulan en mis sueños, como desnudos puentes que sin apenas agua, murmuran.
 
Apenas, rodeo el viento. Se consume un nuevo día. Silvestre despertar que calmas mis ojos: una nueva espina en una nueva herida, de nuevo, en el camino, para quemar con alcohol, el ciego disfraz que recupera el conocido mar; incumplen cantos agitados por recuerdos blancos que se dirigen a mi alma, rechazando días de viento. Son enemigos, frescos, llenos. Es libertad. Me rindo. Afligido, entrando ya en la noche, asegurando la antorcha que gusta, convierte el mirar atrás, en diente de león, que con un soplo, escapan y se besan con el viento primero, con la hierba después.

Cuando el alcohol empuja, un espejo nace, coloreando a lo lejos, el alba. No hay lamentos desnudos. Solo recorro el vértigo con la negación de un quizás, de un pudo ser, con la imprecisa virginidad de un corazón cicatrizado que murmura y sueña mientras vive bajo la lluvia. No lo dudes: No hay impalpables lamentos, solo fe ciega en unos instantes lejanos, pactados con el pasado ausente que aún, de lejos, con su voz cerrada, demanda mi alma.
Es un silencio distante, ausente como un anillo, que con dos palabras, lejanas, sencillas, llenan mi melancolía.
El sueño es solitario, es una red que arrastra su infinita mirada que profunda, como soledad del mar, incendia mi mente que desbordada, busca –inútilmente- sus raíces hambrientas.

El naufragio juega con el Sol y como un horizonte, evoca murallas, abandonadas y desiertas. Mi alma arrastra incendios.

Rafael Suárez
Cuando en ruinas, respiro. II Canto.