Si las obligaciones labores me lo permiten, suelo ir a diario a un bar a pie de playa a leer la prensa antes de volver al tajo. Como soy un animal de costumbres -será cosa de la edad y la soltería- siempre hago lo mismo, poco más o menos a la misma hora, los mismos días.
Lo siguiente, ocurrió a principios de éste diciembre: Apenas me había despertado, cuando allá que cojo el coche y en la recta de San Javier aparece, de la nada, un abuelete cruzando la carretera: el frenazo se saldó con mi corazón bombeando a toda leche y una mención al oficio más viejo del mundo. El anciano, levantó la mano sin mucho ánimo y cerró el traspié con una inclinación de cabeza. Fue un gesto, más que de desidia, de simple cortesía, pero hubiese jurado que los ojos le brillaban singularmente. Describir la expresividad de la mirada, me llevaría la totalidad de la tirada, en el generoso supuesto que mi mediocridad me permitiese tal.
Continué mi marcha y volví a la monotonía de mi mundo para las tardes: el batido, las risas con los amigos y vuelta al curro; Semanas después, ya en vacaciones, paseando por mi pueblo natal, se derramó en mi mente aquel hombre. Entonces lo recordé: Hacía meses de aquello, en verano. Me había quedado sin coche y llevé la bici a arreglar a un pequeño taller cercano a mi casa.
Jamás lo había visto, pero me llamó la atención en el acto. Eran las once pasadas y aún no había abierto su portón. Llevaba alpargatas pardas, unos garzos pantalones cortos e impoluta camiseta de tirantes bajo camisa cobaltosa. Tenía un porte gentil y campechano. Lentamente sacó sus enseres, como si aquello tuviera una ceremonia. Un rito instintivo ajeno al mundanal trabajo. A pesar de que había gente, esperé. Me sorprendieron sus buenas maneras y su corrección: A la dueña de una vieja bici de paseo, una mujer de unos cincuenta años –ecuatoriana para más señas- le resolvió la papeleta en menos de un tris y al preguntarle la inmigrante cuanto era, el hizo un gesto con la cabeza, de negación: Nada, buenos días, fue lo único que salió de sus labios. Balbuceé algo sobre mi problema (similar a que la cadena se había roto): Enseguida se puso a trabajar. Se sentó en un viejo escabel y cogió sus útiles. A saber: una bujía cumplía las funciones de destornillador y lezna a la par, un motor hacía lo propio de mártir y así con el resto del instrumental.
En un soplo, los nuevos eslabones de la cadena estaban realizando su trabajo. Revisó de nuevo el engranaje y con la paciencia que sólo los amantes de su trabajo tienen, volvió a repasar las piezas, casi afirmaría que al milímetro. Esta vez, también se detuvo en los frenos y las ruedas.
Sorprendido por el curioso trato que mostró en todo momento, le pregunte que se debía: ¡80 céntimos! Respondió con media sonrisa; Había estado, al menos, diez minutos: 80 céntimos, exclamé con incredulidad. Hice una mínima regla matemática y deduje que lo justo era, al menos, darle tres monedas y me fui. Que mundo lunático éste; Saben ese bar al que voy por simple inclinación y donde empezó todo: cualquier café mínimamente elaborado… cuesta tres veces más.
Lo siguiente, ocurrió a principios de éste diciembre: Apenas me había despertado, cuando allá que cojo el coche y en la recta de San Javier aparece, de la nada, un abuelete cruzando la carretera: el frenazo se saldó con mi corazón bombeando a toda leche y una mención al oficio más viejo del mundo. El anciano, levantó la mano sin mucho ánimo y cerró el traspié con una inclinación de cabeza. Fue un gesto, más que de desidia, de simple cortesía, pero hubiese jurado que los ojos le brillaban singularmente. Describir la expresividad de la mirada, me llevaría la totalidad de la tirada, en el generoso supuesto que mi mediocridad me permitiese tal.
Continué mi marcha y volví a la monotonía de mi mundo para las tardes: el batido, las risas con los amigos y vuelta al curro; Semanas después, ya en vacaciones, paseando por mi pueblo natal, se derramó en mi mente aquel hombre. Entonces lo recordé: Hacía meses de aquello, en verano. Me había quedado sin coche y llevé la bici a arreglar a un pequeño taller cercano a mi casa.
Jamás lo había visto, pero me llamó la atención en el acto. Eran las once pasadas y aún no había abierto su portón. Llevaba alpargatas pardas, unos garzos pantalones cortos e impoluta camiseta de tirantes bajo camisa cobaltosa. Tenía un porte gentil y campechano. Lentamente sacó sus enseres, como si aquello tuviera una ceremonia. Un rito instintivo ajeno al mundanal trabajo. A pesar de que había gente, esperé. Me sorprendieron sus buenas maneras y su corrección: A la dueña de una vieja bici de paseo, una mujer de unos cincuenta años –ecuatoriana para más señas- le resolvió la papeleta en menos de un tris y al preguntarle la inmigrante cuanto era, el hizo un gesto con la cabeza, de negación: Nada, buenos días, fue lo único que salió de sus labios. Balbuceé algo sobre mi problema (similar a que la cadena se había roto): Enseguida se puso a trabajar. Se sentó en un viejo escabel y cogió sus útiles. A saber: una bujía cumplía las funciones de destornillador y lezna a la par, un motor hacía lo propio de mártir y así con el resto del instrumental.
En un soplo, los nuevos eslabones de la cadena estaban realizando su trabajo. Revisó de nuevo el engranaje y con la paciencia que sólo los amantes de su trabajo tienen, volvió a repasar las piezas, casi afirmaría que al milímetro. Esta vez, también se detuvo en los frenos y las ruedas.
Sorprendido por el curioso trato que mostró en todo momento, le pregunte que se debía: ¡80 céntimos! Respondió con media sonrisa; Había estado, al menos, diez minutos: 80 céntimos, exclamé con incredulidad. Hice una mínima regla matemática y deduje que lo justo era, al menos, darle tres monedas y me fui. Que mundo lunático éste; Saben ese bar al que voy por simple inclinación y donde empezó todo: cualquier café mínimamente elaborado… cuesta tres veces más.
Paseando en -mí, tan humilde como hermoso- Cudillero, avizorando el enérgico Cantábrico mientras sus olas intentaban saltar el muelle en un profundo silencio, descubriendo los silencios de las raíces del Universo, cavilé sobre la forma de trabajar de aquel desconocido: ignoro cuales son sus ideas, como encaró la vida y sus disposiciones y para no faltar a la verdad, les diré que ni lo sé, ni me importa, pero saben, me gustaría ganarme el respeto y la amistad de ese desconocido.
Rafael Suárez
Este artículo de opinión fue publicado en 2006.
Hoy, puedo decir que Juan, fue mi amigo.
Descanse en Paz. Que la tierra te sea leve.