viernes, 20 de enero de 2017

¿Qué hay más perdido que una puerta desnuda sin llave?

Lo que a continuación se relata en este diálogo, es, hasta donde alcanza mi memoria, radicalmente cierto y ocurrió hacia las 4:00 de la mañana, en una autopista de alta montaña de la Cordillera Cantábrica, en una fría noche de Enero.

Decía así: Un sueño nocturno, me tuvo con los ojos abiertos en una noche de luna de nadie. La niebla acariciaba la autopista y el sueño y el cansancio empezaron a vencerme: un barquero vino a buscarme, ineluctable perfumó con una carcajada la pregunta desencadenante:

-¿Qué hay más perdido que una puerta desnuda sin llave?.

Mis pensamientos volaron y el cansancio desapareció: En un alimento para el olvidé, mientras combatimos en las mismas fronteras, frecuenté los jamases tiempo atrás, allá donde las noches prohibidas no eran silenciosas.

- Enterrarás en un abierto rostro de piel el tambor de la inocencia, pero como un río en una roca alta, será un jardín tu memoria. Insistió el barquero disfrazado ahora de reseca muerte.

- Jamás el exceso detuvo un suspiro, acerté a responder. Y sí, es así, peor para el dolor.

Aquello no era un grito rebelde. La niebla codiciosamente viva y silenciosamente extraña, tiene hambre de mar: los vientos del ayer son las huellas de la fuerza.

-Dulce y lejos, tu pecho por callar, grita. Insiste el barquero que rejuvenecía, ahora ebrio con la noche callada.

-No te voy a pagar, ya no hay más monedas. Me temo, que yo –también- mando en mi hambre. Reiteré a aquel cobarde, ahora, disfrazado de destino.

-¿Quieres jugar? Así sea.

La partida –de ajedrez rápido- empezó con una variante de Defensa India para negras y Utopía para blancas. Perder significaba suspirar, tal vez llorar, ganar solamente continuar.

-Tu mirada desvencijada busca el continuo movimiento del compás. Tus palabras son de mármol. Te despertaré con más susurros: Aún hay lágrimas desnudas que se derraman escondidas en tu alma. No puedes rechazar mis cantos, soy abrigo en tu corazón. Eres un fugitivo que comparte desamor nocturno.

-No necesito las cenizas para entender. Mi pecho ya está descubierto. Evocas recuerdos, pobres, ciegos, ausentes… en mi alma. Contesté casi sin pensar. Son desordenes confusos envueltos en impulsos contados, pero no hay esa dualidad entre el hechizo de mi corazón y tu puerta, maticé. 

Lejos de entregar la primera pieza, cambió un peón por el caballo y observaba de soslayo, la luz de unas monedas que -cree- ya se derraman en mi prisión.

-Explora el tiempo: Miraste la aurora, fría y ciega. Se adormeció la ilusión. Confesarás que guardaste y callaste los recuerdos de tu sangre: estremeces de desconsuelo en tu guerra interior. Y ¿si has errado?

Termina la posición defensiva de ambos y arranca nuevamente el ataque en lo que parece, un desenlace con un Jaque a favor de negras.

-Nunca he tenido miedo a equivocarme. Conozco mi Roma pérdida… caída si prefieres, el cuidado destierro pantanoso, el dolor enviado, el desdén de piedad, pero nunca he caminado suspendido en acasos: Nunca he tenido miedo a vivir: Es cierto, ambiciono la llama ardiente, la pasión envuelta en cristal: Ya pague mi error: he visto morir el Sol en una mirada indiferente que amé, hasta en sueños. Mis entrañas desnudas, ya no exhalan calles solitarias.

Desoye el barquero, el dicterio del alfil blanco, que apoyándose en el peón más avanzado, asalta el caballo y la torre. El batelero que no ignoramos, tiene nombre de mujer, ahora inmerso en la retirada, continúa increpando:

- Tu jaula es la soledad. Y cada día, brilla más. Te acurrucaras a la sombra de un peor.

- Mis dedos empezaran a perderse entre las cuerdas del violín, antes que sumirme en la mezcla de bordes y loterías varias, cuyas almas espiran y entregan luto en un hogar de espinas. No gracias.

-Te asomarás al alba: irremediablemente esperas el viento del cambio, insiste el barquero.

-No plegaré mis velas. No es mi estilo, pero el cincel no rebosa indiferente, no habrá magia en momentos con ella, ni noches de gloria, ni un mañana con el que soñar, pero abandero esa tormenta: Mi alma no reclama botellas vacías. Jaque.

Llegado este momento, es necesario delatar que la oscuridad alertaba de su fin, y con ella, aquel encuentro.

-La noche te alertará, la armonía te arrastra. Llevas tatuado un Lis en la cadera izquierda. La colérica mirada del tiempo, concretara tu pensamiento, y el hollín de ayer, que acunas inconsciente, se repite: ¿necesitas más tiempo… para estar solo?. La fiebre te despierta, pinta sucias escaleras. Te ahogas en palabras.

Ahora, las negras timoneaban con vientos duros. El barquero no acepta la derrota y araña con más dureza, impulsando alusiones y olvidos.

-He posado mis ojos en lágrimas, pero nunca en falsos túneles. Exclamé dolido.

-Tus miedos son semillas.
 
Nuevamente jaque, tras cambiar torre negra por dama blanca.

Mi corazón se prendió, me recliné sobre el asiento del viejo león, que daba muestras de cansancio sin que asomara, ninguna maquina quitanieves: Hoy no es una noche furtiva. Café forzado. Es cierto, vuelve a llover.

-Caminé lento en el desierto. Hay vaivenes del tiempo no olvidados, pero mi interior cambió hace muchos años.

-Ese cambio, es una tregua, solo una tregua, que durara, tu vida, interrumpe el barquero que aún, sigue sin nombre pero que reconozco su mirada.

-Afilas tus palabras: eres duro peregrino, pero hoy, debes continuar tu camino: tus torpes movimientos, aunque crueles, agonizan. Un viejo poeta, me dijo una vez: “Corazón, no te humille el verme herido, es preferible ser carne, que cuchillo”. Es cierto, tengo demasiadas puestas de Sol, no domino la vida, pero en mis noches no hay ingenuas quejas.

-Tus madrugadas serán gris azul rocío: Puede leer en tus ojos: encendidas derrotas, discretas sombras de plata, tu azar eterno, deshojaras pólvora y al final del día, cenaras pan negro.

-Guarda tus atrapadas palabras. Ya no amordazas mi mente. No soy ingenuo, y sí, tengo cicatrices, pero el tiempo no es un tirano. Mis pulmones no están ciegos.

-No, tu alma es la ciega.

Mire a la calle: la luz blanca del día ya no era una actitud. El mundo ya no duerme, recuerdo que pensé.

-Deseas conocer mi cascada de hechizos: Así, sea. Tus sudarios no son temores que deshacen dolor. No languidece mi alma, en sombras que arden, no hay soles de averno en mi corazón. Es un recuerdo apagado. Pasión agonizante. ¿Cómo no llorarla? Era mi destino: Es existe y ama. Era primavera frente a oro, frutos rojos descendiendo del cuerpo amante y de un corazón dichoso, que sintió puertas en el alma herida. Cuencas de molino para violentar los árboles no ya tan verdes. Fue un espejo de pupilas en un exilio de un furtivo marzo, lo que a las palabras perdidas, la hierba al viento. Irradiaba mi Norte, antorchea mi memoria.
 
Rafael Suárez
Lluvia. Cap. 6. Pág. 22