lunes, 19 de septiembre de 2016

El roído cielo de la pólvora que brama.

Hay una telaraña que desgarra mi alma. Grita entre castigos de soledad y me abraso entre cristales. Mi corazón, rebelde, vuela tullido otra vez. Se repite el frío y la carne negra paralizada por colmillos, se funde en destierro. Es tiempo nocturno éste. ¿Son mis oídos, mis ojos brasas?. Desconozco la llama delicada, tendida entre sabanas ya olvidadas.  Ni siquiera tengo violenta ira. Ni agonía. Simplemente las caricias dan paso a la fuerza. Canta mi corazón pleno pero no crece mi paraíso. Mis fugitivos pensamientos se detienen como estatuas ¡pesada rueda!. La desalentadora alerta, desamparada escondía tormentas:  

Esta noche, la hierba vuelve a ser espesa. Lo comprendo. Sucede. Reflexiono. Pienso.

Es extraño comenzar sin respuestas. El humilde veneno me habló una vez más.

Acumulo más frío que se hunde, profundo en mi cama.

Hoy mi mar esta triste. No amo la soledad. La vivo.

La noche se convierte en  un nudo. No soy prisionero de mis huellas y no me derrumbo en la senda pero las marchas alcanzan mi aire, y las espinas de frío pasean entre muros y distancias.

No espero a mañana ni celebro rosas de vida. Solo, sentado, hilando, exclamando “otra vez”. Cruel desdén.

Comprendo que las bonanzas se marchitan y las noches transidas acarician mi pecho. Quedaran huellas que encontraran albas yertas o puede que mi sueño muera, ahogándome en este camino homicida y logre zozobrar mi alma.

Aún no estoy preso de cenizas reposadas, pero ya tengo más memoria que sangre.

La razón no es mi puerta, pero mi alma no languidece arrepentida:

Estaré herido, se acumulará el agua en mí, retirare la boca; abatido, aceptaré la soledad, devolveré huérfano, los recuerdos que despiertan mis horizontes, madurará mi carne, se fulminará mi corazón, estremeceré, lento con mi nunca, desierto suspiraré, confundido perderé mi imperceptible mirada, tal vez, atravesara mi cabeza las espuelas de la niebla flamígera,  mi aliento reverberante, se aplastará entre acantilados, mis manos llenas de vino viejo ahora, engastaran el abrigo que no canta, mis pulmones helados yacerán en un gélido y profundo mar, las fiebres, sombrías propagaran el luto en mi alma, pero altivo exilio el dolor.
Ignoro, si este silencio acompañara mi tierra, venceré, paso a paso, verso a verso, el roído cielo de la pólvora que brama.


Rafael Suárez
El roído cielo de la pólvora que brama.