viernes, 22 de abril de 2016

Sin fragancia ni aroma.

Son pobres las banderas.

Mi única bandera es la agitada razón de la mar. La cristalina sombra de las aguas vivas es mi Roma muerta. El viento que envuelve el abismo que me rodea, es mi lúgubre sudario.

Deambulo indolente entre mis miedos. Esta noche ya amanece. El rojo va y viene. Es indeciso. Como mi mirada. Me amparo en su recuerdo. Nacer es inapetente. Se arrancan mis botones. Y mi boca.

Su hechizo brilla como los astros un segundo antes de que brote el día. El agua es locura. Así sea. No hay oasis en mi silenciosa memoria. Muera yo  lejos que la sangre escrita es claro de luna.

Mis parpados laten. No hay ron en la botella pero la puerta del alma se abre. Así sea.

La noche se aleja. Hoguera indefinible de horizontes, de peajes. Y siento. Y recuerdo. Y abrigo. Así sea.

¿Se inventa el odio?. Se arranca un grito. Ya no hay dolor. Tiernos cantos inundan mis ojos. Estalla la lejanía y la botella. Escucha las trenzas de sus verdes miradas. ¿Acaso, se olvida la muerte cobarde de la pálida alma cobrada?. Desprecio esta libertad. No es elegida.

No es igual. No es mía. Es un vaso roto. Es una botella vacía. ES una ola pérdida en el mar. Es incluso, un olvidé. ES un siempre. Es morir y no matar. Es la profunda confianza de la estrella temblorosa, sujeta a la noche que termina. Llega el día. Más rejas. Más jaula.

Es ahora. Aquí mismo. En esta cerrada noche guardada sin fortuna. Es el proscrito del nada existe: Es el celoso silencio del alma que habla: ¿quieres probarlo? Existe un lazo fuerte en el borde del camino y la hierba que crece junto al muro.

Es un cielo roto por sombras de espejos. Juegos de rocío. No hay dulzura en la sonrisa disputada. Son disfraces de hielo. Son caricias lucidas. Hay un umbral en la Utopía.

Existe un dolor presente, invisible en innumerables rostros, caprichos de promesas y suspiros. Destellos de memoria que ya ausente, son hojas secas, vencidas; Fueron en algún momento, sangre encauzada a dormir en rosas marchitas.

Ilusiones crisálidas. Sin fragancia ni aroma. Bautismo de besos, en cuyas catedrales se marcan puertas falsas, que como cuchillos sinceros, trasquilan ramas y recuerdos, que tiemblan al abrir truenos y besos confundidos, dando un entreabierto sentido a un generoso desierto en el pecho.
Rafael Suárez