lunes, 29 de agosto de 2016

Conceptualización de belleza


Mientras buceaba ayer,  entorchando el final de estos días de descanso, envuelto en silenciosas corrientes que me mecían en la alfombra -pálida- del fondo marino, fiel y cautivo  en aquel vuelo respiraba, tímidos velos.
 

Más tarde, a medio camino entre el frío y la sonrisa, sentado en las rocas al aliento del Sol que ya era discreto, exprimiendo en mis pupilas aquellas millares de olas que engarzaban mis pensamientos, acudió a mí un nuevo reto, llamémoslo lexicográfico: ¿eres capaz de conceptualizar la belleza? Avergonzado, bajé la cabeza.
 
El primer ensayo dice así:
 
No es necesario caminar en la impresionante Plaza de Campo de Siena, por las numerosas piazzae de Roma o por su Campidoglio para saborear la belleza y dejarse seducir por ella para siempre. Es una forma de sentir. De buscar. Esa actitud de búsqueda, de caminar sin camino, es la que por poner un ejemplo, permite, ironías de la vida, diferenciar un buen trozo de lienzo, con unos pigmentos aglutinados por aceite de una verdadera pintura o para que se entienda más claramente, es esa misma actitud la que diferenció al hijo de Geppetto  de cualquier otro muñeco de madera. Lo mismo sucede con los arrullos de Miguel Hernández, por poner un ejemplo más colorido.
 
Belleza es la absoluta amargura en los surcos y arrugas de El Lector de Holder. Cualquier haiku. El nulo contexto narrativo del pointillé de Vermeer. Un verso de cualquier canto de Childe Harold del forajido y proscrito Byron antes de dar su vida por la causa helvética. La pasión llorada del niño abandonado de Lorca: Eso es hermoso. Cualquier bagatela.  Que uno y uno, sumen tres. El Shelley Memorial, hermoso hasta el dolor. Morrison arengando a las masas y poetizando con la Libertad minutos antes de ser detenido por la Policía por hacer uso de su autodeterminación. Magnifica también la pintada por Delacroix en 1840. Las palabras andantes de Galeano y Las caderas de las mujeres de Toulouse-Lautrec son hermosas. Los pegotes de aceite en los oleos de Van Gogh. Weismüller frente a Kahanamolu allá por 1922. El júbilo de mi perra callejera Sofía Leticia Suarez -a la que abandonaron enferma y postrada- , jugando a pie de playa con las olas mientras el mundo duerme un sábado por la mañana.  La máquina de escribir de L. Anderson. Tierno Galván en la alcaldía de Madrid era hermoso. Leslie Chang lo es. La noche en que El Bosco, allá por 1505 terminó su Jardín de las Delicias.  La controversia de La creación del Mundo de Courbet, es hermosa. El no hay futuro de  los Sex's Pistol's en plena decadencia industrial inglesa. Los cautivos de Buenarroti. Hermosos, muy hermosos.  El beso de Paolo y Francesca del acérrimo Rodin. La dulce pureza que empapa el origen de cada una de las Leaves of Grass de Whitman; todas Les Fleurs du Mal de Baudalaire.  El elegante crepitar del Azul de Rubén Darío lo es. Las lágrimas de la  afligida Elsa Fornero, al anunciar los recortes en las pensiones italianas eran bellas. Absolutamente todas las puertas de William Blake. La certeza de Houellebecq hasta contagiar su falta de aire. Brecht escupiendo y maldiciendo en la puerta de atrás de un mediocre y anodino teatro en el gris Berlín del Este de la extinta RDA. La niebla del Me Nam vista desde las montañas.  Andrew Cotton cabalgando victorioso sobre 23 metros de agua. Don Durito de Lacandona,  lo es y el dolor de alma después de  19 días en la enigmática Selva Lacandona, lo era. Aquella guajira blanca, librando descalza "Guantanamera" en el paseo viejo del malecón de la Habana Vieja al calor de una botella de ron y despachando más allá, a los 50 dólares de un “inglés” que "dice demasiado, cuando se confunde", sin duda lo era. Cualquier secreto de silencio, de cualquier noche, de cualquier Sahara. La mirada de mi sobrino de 9 años, cuando  Mandy Patinkin culpaba  aquello de "Hello. My name is Iñigo Montoya. You killed my father. Prepare to die". La Utopía Chomskyana lo es. La mano izquierda de Lucio Uturbia al tender un whisky -de marca totalmente desconocida para un servidor-  todos los primeros de año, soñando -y haciendo soñar- con Cuando nada es mío. La cristalera del centenario reloj de D' Orsay. Ken Saro-Wiva lo era antes de que lo asesinaran. El dramático bigote de Frida Khalo. La Puerta de Babilonia en el Pergamo. Mi viejo violín lo es. El rocío  sumergiendo la silueta de un caracol, mientras come perezoso una hoja de berza en plena Cordillera Cantábrica, en una mañana especialmente solitaria de invierno. El candoroso Løgstrup y su positiva exigencia ética. La primera  rama y la última de Tjikko.  El trabajo de Vicente Navarro sobre el sistema de salud Canadiense. La desobediencia civil de Thoreau.  La Niké. La sutileza del sombrero rojo de Van Doungen. El delirio y la pasión del Desmayarse, atreverse, estar furioso de Lope.

Rafael Suárez
Conceptualización de la belleza.  Primer intento.