miércoles, 9 de marzo de 2016

Variaciones de violín

 A mi amada N.
Que la tierra te sea leve.
 

Me levanté con mi preciada libertad, pero sin ocultar el dolor. Renovado pero herido. Una vez más, después de fundirme en una bodega de poesía, para gozar la última mirada a la cama, donde una vez, lejana ya, fuiste mía.

No era una mañana de melancolía. Eran lirios de temores y risas, que deshacen el dolor, o al menos, quema más rápido el camino, y si bien, languidece el alma, las sombras arden, dejando, únicamente fotografías de soles negros y miradas de averno en el corazón.

Se agita el violín. Variaciones sacadas de sudarios envuelven el encaje de mis dedos.


Es necesario. Así sea. Lo llevo hasta el último grave. Y se repite.

 
Oscila mi mano en el mástil. Cada vez era más rápido que la anterior. En una cascada de hechizos.

Vibra y me llama. Tiemblo. Lágrimas se derraman de mis ojos. Así sea.

Es inquieta la larga lucha y el sentido solitario que juzga la Perfección. Es un color no visto pero real. Es destierro y regreso. Es extraño y hecho. Es orden sin cloroformo. Era cerrar el batiente claro con sucias palabras. Con el hambre inmóvil de una noche de sangre. Ni la barrera de mi Mar, violentó las desconocidas rejas que simultáneamente permiten espejos, mudos reflejos de finos deseos. Párpados que recorren, como soldados, armaduras. Manantiales de luz sin ojos.


Es recuerdo apagado de pasión agonizante. Es existe y ama.

 
Era primavera frente a oro, frutos rojos descendiendo del cuerpo amante y de un corazón dichoso, que sintió puertas en el alma herida. Sombras cada vez más altas, eternas. Diferentes.
 
El fin restituido. Prenda salvada que siempre cruje cuando es recibida como agua que encuentra conocidos cómplices de deseos. Cuencas de molino para violentar los árboles no ya tan verdes.
Fúnebres entierros, pues, que excluyen los baños de rayos iguales. Los grillos ya no cantan. Mi violín ya dejó de vibrar. Una vez más, termino llorando sólo.
 
Ya no hay abanicos que viajan con fragancias desnudas, ya mi dedo no versa tu espalda. Ya mi cuerpo no se apodera de las espinas.
 
Muerde todavía, el frío amarillo que levanta otro amanecer. He aquí la única nieve que en mi ventana, apaga mis ojos.
 
Es un viento que gira, una y otra vez, y desgasta mi alma: Es un límite en mi vida, que hiela gélida, la espera apartada del compás. Fue otro espasmo. Uno más. Ya son demasiados jardines. ¿Dónde están las campanas del alba de este luto? O acaso, ¿mi luto debe ser eterno?
Es un exilio de un furtivo marzo. Fue un espejo de pupilas.
 
Lo que las palabras perdidas, como azarosa hierba rápida al viento. Son cenizas que se rinden consigo mismas. Son viudas negras que irradian el norte: ¿Cómo no llorarla?
 
Cuando una huida de piedra, emprende el rigor del nunca en los ojos, solo una nube de suspiros fúnebres, antorchan mi memoria: Transcurre temblorosa, lágrimas de alma. Lágrimas de dulzura. Humildes, Leales. Instaladas en mi vida, rajan lentamente los labios a gritos de fiera, fuente doliente de vidas nombradas, y amores tendidos. Escucha como retoma mi violín, el trabajo. Como marcha la libertad a ocultar su dolor en la boda de perdiciones. Así sea. Así me rompa.
 
Rafael Suárez