A N.
Contemplando las noches
prohibidas, sonámbulo tenebroso de un silencio abrumador, es justo
defender, la chispa de contrariados instintos, botones fríos
disfrazados de tal vez.
Ilimitados ciegos que
olvidan, obedientes, las viejas diferencias, incisivas entonces,
inocuas ahora, de un camino, el mío, arponeado entre heridas y abordajes.
Marionetas de juicios de
cansadas camas, apóstoles, sin piedad, mientras predican caprichos
fríos y pozos abiertos. Maestro correcta la intuición.
Difícil mirada inquieta
que arrastra la soledad de una despedida. Agarra e inunda, poderosa
razón sin fondo, la pupila empapada. Las lagrimas ya no acuden.
Llueven limosnas entre
las noches. Ahora, mientras ventanas sin cariño, empuñan mi mirada
fértil, huellas débiles como, polvo de oro, juega con el aire que
nerviosamente, truena en mis pulmones.
Un sueño nocturno, me
tuvo toda la noche en vela, en una noche de luna de nadie. Pintaban
derroches de soledad de Otoño. Quizás era un viernes de invierno.
No había sangre en
aquella flor que ya no dolía. El misteriosos futuro debe ser rojo y
negro. Peón del pasado: Peor para el dolor salvaje.
Me volví a equivocar:
jamás el exceso detuvo un suspiro.
Hay misterio en el amor
descarnado, intenso y confuso.
Puedes hacer de cada
noche una amante fugitiva, con distintos vestidos de lobo, pero
sabes, que tiene un difunto por mirada. Lo has visto.
Puedes prohibir la piel y
el alba. Puedes cerrar el libro blanco. Uno tras otro. Ciego e
ilimitado, puedes abrumar más sábanas con excesos de desconocidas.
Puedes buscar nuevas partituras.
Tras tus palabras,
mientras encuentres silencio, permanecerás ciego.
La luna ya no es de
marfil. Es de nadie. Ella habla en fondos oscuros. Escondidos. En un
pintar de idas. En un sueño de brumas cansadas: duermo entre
derrotas vacías, hijos pálidos de un camino de miradas y pergaminos
odiosos.
Helados martillos
sumergen ojos y corazones en amargas hendiduras que desagarran el
tambor de la inocencia.
Y gira. A galope desnudo,
la herradura circular de la vida, que sangra en tormentas
innecesarias y en noches reflexivas.
Un cuerpo cede paso a
otro. Y otro a otro. ¿Cómo puedo hacer?.
El mundo huele a exilio.
Sus ramajes complacen el hambre que ya no tengo. Es un viejo cuchillo
profano, de misterios absorbentes, mundos enterrados en abiertos
rastro de piel, hermanos confiados de almas que compartieron noches y
sábanas.
Estoy cansado. No me
encontraras en esa mesa. No voy a comer.
Más islas tienen aroma.
Languidece mi dicha.
Hay puertas de roble,
llenas de ilusiones, hoy ya no son tristes y negras las sombras de
entradas que deslumbraron cantos opuestos.
No deseo más patíbulos
que curven mis ojos.
Sigo silencioso,
distinguible en mi espejo. Leyendo. Recordando. Envejeciendo solo.
Comprendía inocente que
el coraje recita alma y arroya explicaciones. ¡Aún me reconozco!.
Quizás, hereje, mi
mirada guiña un ojo a la tristeza que desprecia el juego de la
noche.
Hay un abierto sosiego en
la soledad. No será fuente de sangre.
He buscado y perdido. He
frecuentado los jamases, allá donde la Utopía me llevó, enterré
laberintos, condenado a largos paseos, en un camino de suspiros
derramados, de ventanas robustas, secretas.
Tengo razón y me
equivoco. Elegante retrato de un alma sin llave.
¿Qué hay más perdido
que una puerta, desnuda, sin llave?
Rafael Suárez