sábado, 14 de noviembre de 2015

¿Qué hay más perdido que una puerta desnuda sin llave?

 
                                                                                                                    A  N.
 
Contemplando las noches prohibidas, sonámbulo tenebroso de un silencio abrumador, es justo defender, la chispa de contrariados instintos, botones fríos disfrazados de tal vez.
 
 
Ilimitados ciegos que olvidan, obedientes, las viejas diferencias, incisivas entonces, inocuas ahora, de un camino, el mío, arponeado entre heridas y abordajes.
 
 
Marionetas de juicios de cansadas camas, apóstoles, sin piedad, mientras predican caprichos fríos y pozos abiertos. Maestro correcta la intuición.
 
Difícil mirada inquieta que arrastra la soledad de una despedida. Agarra e inunda, poderosa razón sin fondo, la pupila empapada. Las lagrimas ya no acuden.
 
Llueven limosnas entre las noches. Ahora, mientras ventanas sin cariño, empuñan mi mirada fértil, huellas débiles como, polvo de oro, juega con el aire que nerviosamente, truena en mis pulmones.
 
Un sueño nocturno, me tuvo toda la noche en vela, en una noche de luna de nadie. Pintaban derroches de soledad de Otoño. Quizás era un viernes de invierno.
 
No había sangre en aquella flor que ya no dolía. El misteriosos futuro debe ser rojo y negro. Peón del pasado: Peor para el dolor salvaje.
 
Me volví a equivocar: jamás el exceso detuvo un suspiro.
 
Hay misterio en el amor descarnado, intenso y confuso.
 
Puedes hacer de cada noche una amante fugitiva, con distintos vestidos de lobo, pero sabes, que tiene un difunto por mirada. Lo has visto.
 
Puedes prohibir la piel y el alba. Puedes cerrar el libro blanco. Uno tras otro. Ciego e ilimitado, puedes abrumar más sábanas con excesos de desconocidas. Puedes buscar nuevas partituras.
 
Tras tus palabras, mientras encuentres silencio, permanecerás ciego.
 
 
La luna ya no es de marfil. Es de nadie. Ella habla en fondos oscuros. Escondidos. En un pintar de idas. En un sueño de brumas cansadas: duermo entre derrotas vacías, hijos pálidos de un camino de miradas y pergaminos odiosos.
 
 
 
Helados martillos sumergen ojos y corazones en amargas hendiduras que desagarran el tambor de la inocencia.
 
Y gira. A galope desnudo, la herradura circular de la vida, que sangra en tormentas innecesarias y en noches reflexivas.
 
 
Un cuerpo cede paso a otro. Y otro a otro. ¿Cómo puedo hacer?.
 
El mundo huele a exilio. Sus ramajes complacen el hambre que ya no tengo. Es un viejo cuchillo profano, de misterios absorbentes, mundos enterrados en abiertos rastro de piel, hermanos confiados de almas que compartieron noches y sábanas.
  
Estoy cansado. No me encontraras en esa mesa. No voy a comer.
 
 
Más islas tienen aroma. Languidece mi dicha.
 
Hay puertas de roble, llenas de ilusiones, hoy ya no son tristes y negras las sombras de entradas que deslumbraron cantos opuestos.

 
No deseo más patíbulos que curven mis ojos.
 
 
Sigo silencioso, distinguible en mi espejo. Leyendo. Recordando. Envejeciendo solo.
 

 
Comprendía inocente que el coraje recita alma y arroya explicaciones. ¡Aún me reconozco!.
 
 
Quizás, hereje, mi mirada guiña un ojo a la tristeza que desprecia el juego de la noche.
 
 
Hay un abierto sosiego en la soledad. No será fuente de sangre.
 
He buscado y perdido. He frecuentado los jamases, allá donde la Utopía me llevó, enterré laberintos, condenado a largos paseos, en un camino de suspiros derramados, de ventanas robustas, secretas.

 
 
Tengo razón y me equivoco. Elegante retrato de un alma sin llave.
 
 
¿Qué hay más perdido que una puerta, desnuda, sin llave?

 
 
Rafael Suárez